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Sin coste, no hay cambio

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En coaching muchas veces preguntamos a los coachees (clientes) que declaran la necesidad de cambiar algo a nivel personal: "¿Cuál es el coste de no cambiar?" y "Cuál es el beneficio que vas a encontrar con este cambio?". "Qué cosas tienes que des-aprender para poder cambiar?". Son preguntas profundas, potentes. Requieren una reflexión interna, hacernos conscientes de nosotros mismos y del entorno.

 

Generalmente, para conseguir un cambio, la estrategia es hacer que lo anterior sea más incómodo que lo nuevo. Ponerle un coste, no necesariamente económico, a eso que queremos que cambie.

 

Traigo esta reflexión porque hoy en día, muchas empresas quieren cambiar el modo de hacer las cosas. Desde lo más básico, a lo más grande. Algunas porque genuinamente creen que deben cambiar y otras porque, aún no muy convencidas, sienten la amenaza de un nuevo tiempo que cada vez está más presente.

 

Lo cierto es que todo cambio lleva aparejado un cierto coste: Quien quiere adelgazar, tendrá que hacer dieta. Quien quiere dejar de fumar, tendrá que aguantarse las ganas. Quien quiere ganarse la confianza de su equipo tendrá que actuar de manera diferente a como lo viene haciendo. Quien quiere mejorar una relación personal, tendrá que tragarse su orgullo, y así infinidad de ejemplos... siempre hay costes, pero se supone que el beneficio es mayor!

 

Nadie va a cambiar nada si no hay una meta clara, un nuevo marco de actuación, y un coste, o al menos una cierta incomodidad, para quien se quede en el paradigma anterior. Dicho de otro modo, una vez que una empresa declara sus nuevos principios y valores, debe demostrar que la apuesta por el cambio va en serio, generando confianza en quienes apliquen esos nuevos principios y valores, y poniendo un coste claro a quienes mantengan el viejo modo de hacer las cosas. Esto exige empoderar a los empleados e implementar controles, en el sentido anglosajón del término, que es verificar que esos principios y valores se llevan a cabo y retroalimentar el sistema para corregir problemas que puedan surgir. Aprender de los errores, pero siguiendo la directriz del cambio...

 

En definitiva, sin coste no hay cambio.

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